domingo, 26 de diciembre de 2010

El nuevo mapa del optimismo


Esperanza es una de las palabras utilizadas con mayor exceso en la vida pública, en una pareja competencia con "cambio".

Pero tiene una gran importancia. Los políticos prestan cuidadosa atención a los indicadores de vía correcta/vía incorrecta.

La confianza determina si los consumidores gastan y si las compañías invierten.

El "poder del pensamiento positivo", como señaló Norman Vincent Peale, es enorme.

Durante los últimos 400 años, Occidente ha disfrutado de una ventaja comparativa respecto del resto del mundo en lo que se refiere a optimismo.

Los intelectuales occidentales soñaron ideas de iluminismo y progreso, y los hombres occidentales aprovecharon la tecnología para imponer su voluntad al resto del mundo. Los padres fundadores de los Estados Unidos, que creían firmemente que el país que crearon sería mejor que cualquier otro que hubiese existido, ofrecieron a los ciudadanos no solo la vida y la libertad sino también la búsqueda de la felicidad.

Y no es que Occidente haya estado libre de una brutalidad atroz. La búsqueda de la utopía puede sacar tanto lo peor como lo mejor de la humanidad.

Pero la noción de que la condición humana era susceptible de mejora continua se compadecía mejor con el materialismo científico occidental que, digamos, el sistema de castas de la India o la servidumbre de Rusia.

Ahora la esperanza está en movimiento.

Según el Centro de Investigaciones Pew, de Estados Unidos, alrededor del 87% de los chinos, el 50% de los brasileños y el 45% de los indios cree que su país va en el sentido correcto, mientras que 31% de los británicos, 30% de los estadounidenses y 26% de los franceses piensan lo mismo.

Mientras tanto, las compañías están invirtiendo en los "mercados emergentes", y dejando de lado el mundo desarrollado. "Jóvenes, vayan al este", parece ser la convocatoria del siglo XXI.

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