viernes, 11 de febrero de 2011

La tartamudez: causas y tratamiento



Una corona que lo eleva por sobre las demás personas; un título –Su Majestad– que obliga a la gente a inclinarse ante su presencia.

Cuando se piensa en un rey, uno lo imagina hablando con tono fuerte y convicción, sea a un súbdito a todo el país.

Pero el rey Jorge VI, monarca entre 1936 y 1952 del Reino Unido de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte, titubea, transpira, mueve los labios como masticando las palabras.

Se lo ve despedirse de su esposa y acercarse lentamente.

Se lo ve ínfimo y con miedo: la causa, un micrófono.

Con el récord de doce nominaciones a los premios Oscar de este año, El discurso del rey (ver crítica en Zona Roja, pág. 8) se encarga de darle visibilidad a una problemática que afecta a 40 millones de personas en todo el mundo: la tartamudez.

“Era un sufrimiento terrible: te cargaban tanto que enseguida tenías unos complejos impresionantes –cuenta el padre Luis Farinello–.

Yo me hacía fuerte con el fútbol, jugaba bastante bien y me hacía respetar.

Pero lo sufría, hasta que una vez escuché a alguien decir que los curas estudiaban mucho y lo hacían en silencio, y me dije:
´En silencio no hay que hablar´”.

Verónica Iglesias, licenciada en fonoaudiología, explica que “no existe una causa única que explique la mayoría de las disfemias (el término técnico para designar el trastorno).

Es un trastorno de la comunicación y una dificultad del habla que se caracteriza por una interrupción o falta de fluidez en el lenguaje.

Se prolongan sonidos, sílabas o palabras, se repiten y se sufren bloqueos mientras se conversa.

Esto va acompañado de tensión muscular en cara y cuello, miedo y estrés”, explica la profesional,que dirige el Centro Iglesias.

“El trastorno, que afecta a 40 millones de personas en el mundo, se da entre el segundo y el cuarto año de vida, durante el proceso de aprendizaje del idioma. Se da por varios factores a la vez: biológicos, sociales y psicológicos”.

Según la fonoaudióloga Julieta Castro, que en marzo asumirá como presidenta de la Asociación Argentina de Tartamudez, la cantidad de afectados es mayor:
“Se estima que el tres por ciento de la población la padece (unos 210 millones de personas).

Se da más en varones, en relación de 4 a 1.

Es genético: la predisposición puede rastrearse hasta siete generaciones hacia atrás”.

La experta pone el énfasis en cómo afecta el día a día:
“Para la mayoría es muy doloroso y tiene un gran peso en su vida, sobre todo en el colegio: las burlas, los exámenes orales.

Incluso hay docentes que han hecho repetir a nenes porque no querían hablar en el colegio. La sociedad tiene que informarse”.

“Cuando tenía ocho años, en el colegio había una señorita muy linda por la que sentía un amor y una admiración muy grandes –recuerda Farinello–.

Cuando me hacía pasar al frente, sufría el doble mi tartamudez: por la burla de los chicos y porque estaba delante de ella.

También sufrí la primera vez que tuve que dar misa, en la catedral de Quilmes.

Había estado desde las 6 de la mañana en el confesionario –era la primera vez que confesaba– y ya eran las 11. El cura me puso en el altar principal y me dejó sólo.

La primera frase que dije, tartamudeando, fue ´Estoy muy triste´”.

Distinto fue el caso de Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas, que no pudo acceder al sacerdocio por ser tartamudo.

Más tarde, le escribió un poema a la temática. En el área religiosa, algunos creen que también Moisés lo era, y hay un pasaje del Corán que dice:
“Señor, facilita mi tarea y elimina el nudo de mi lengua para que ellos entiendan mi habla”.

Cuenta la leyenda que Aristóteles combatía la disfunción poniéndose guijarros en la boca para practicar (otros le atribuyen la anécdota a Demóstenes).

Muchos famosos sufren o sufrieron la disfunción lingüística.

La única vez que Jorge Luis Borges actuó en una película “estuvo nervioso, se peleó con la maquilladora y pidió perdón por tartamudear un poco”, contó José Luis Di Zeo, director de Borges, un destino sudamericano. Aunque Alejandro Vaccaro, el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y biógrafo del escritor, aclara:
“Cuando empezó a dar charlas, tenía pánico de hablar en público y se tomaba una copa de licor para entonarse. Pero dio miles de conferencias donde jamás tartamudeó.

No creo que lo fuera, salvo alguna vez una palabra. Lo que tenía era miedo escénico”.

Nicole Kidman dijo que la temática de El discurso… la sensibilizó porque sufrió tartamudez de chica: “recuerdo a todas las personas diciéndome: ‘piensa, organiza lo que quieres decir y luego habla’”.

También Emily Blunt, actriz de El diablo viste a la moda, fue tartamuda hasta los 12 años y se empezó a liberar del problema interpretando personajes.

Similar fue lo de Bruce Willis: en la universidad tuvo que hacer fonoaudiología, hasta que descubrió que nunca tartamudeaba al actuar.
Curiosa es la historia de Porky, el cerdito de Looney Tunes. Su forma de hablar característica se debe a que el primer actor que le dio voz, Joe Dougherty, era tartamudo.

El cantautor cubano Santiago Feliú también vivió su infancia y adolescencia con sufrimiento: “Me la pasé evadiendo responder preguntas, escurriéndome todo el tiempo.

He dado todo tipo de excusas y escondederas, me hice experto en desaparecer antes que me mandararn a leer o a responder.

Por eso, entre otras cosas, cantar siempre me gustó y no temí hacerlo en público”, dijo a Veintitrés por correo electrónico.

El canto es una de las soluciones para mejorar la dicción.

“En las sesiones individuales se trabaja mucho con el grabador, el canto y la lectura –explica Iglesias–

Nosotros trabajamos en conjunto con psicología, porque siempre la base del trastorno es una inseguridad del paciente o una problemática familiar: una sesión semanal y una de fonoaudiología.

El paciente comienza sabiendo que el tratamiento no va a ser fácil ni rápido.

Se trabaja la respiración, la coordinación entre el aire y el habla y también la articulación.

Y, en lo psicológico, en mejorar la autoestima y la confianza en si mismos”.

Con mucho menos peso vive su tartamudez el periodista y conductor Samuel “Chiche” Gelblung: “Nunca me hice un trauma por eso, siempre me pareció un tema menor.

Arrancó en la adolescencia y no me molestaba.

Tengo un tío tartamudo que canta tango y él lo tenía más definido, porque no alcanzaba a articular las primeras vocales.

Yo arranco con la primera sílaba y la puedo estar repitiendo cinco veces.

Lo pescó bien Freddy Villlarreal, que me hace aún más tarta.

A veces se me nota, pero en general uso el tiempo disponible de pensamiento para armar la frase.

Lo que me molesta es cuando algún oyente me dice ‘pará de tartamudear’, porque es mi manera de hablar.

En los medios también estaba Yiyo Arangio, que transmitía fútbol y no se le notaba, pero fuera de la transmisión era impresionante”.

Si bien la cura y el control son posibles, la licenciada Castro afirma que “cuanto más chiquitos se los trate, es mejor.

Se previene y se puede curar en la mayoría de los casos.

Pero se trabaja hasta la adultez y se busca que la persona pueda manejar su habla en lugar de que la tartamudez lo maneje. Los procedimientos se automatizan a medida que se aprende el tratamiento y no se olvidan, es como andar en bicicleta.

Algunos lo logran más y otros menos. A ellos se le brindan herramientas y eligen en qué momentos utilizarlas.

Y en los que no pueden, se trabaja la aceptación.

Muchos eligen el canto o el teatro porque haciendo de otra persona no se traban.

Tomás Abraham o el padre Farinello son tartamudos, pero no se los escucha”.

“Con momentos de tensión o nerviosismo es cuando más aparece”, explica Iglesias, “por eso lo ideal es seguir haciendo un seguimiento y no dar el alta de un día para el otro. Se buscan conseguir diferentes reacciones ante los fallos de pronunciación para evitar el aumento de ansiedad y conseguir el control para poder dar las respuestas.

Con el tiempo, se hace natural”.

El guionista de El discurso del rey, David Seidler, también es tartamudo. Durante la preproducción de la película, Seidler se alojó en la casa de su tío David, también tartamudo, en Londres.

Y descubrió que su tío había sido paciente de Lionel Logue, la persona que atendió al rey Jorge.

Pero esa no es la única coincidencia entre la vida del guionista y la del rey.

Además de haber colaborado para concientizar sobre la tartamudez, Seidler consiguió algo más:
“Por primera vez sentí que tenía una voz.
Para un tartamudo, es un momento muy profundo”.

Por Leandro Filozof
VEINTITRES
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